Amanecer en los templos de Angkor

Contemplar el amanecer en los templos de Angkor y concretamente en Angkor Wat es, sin duda, una de esas experiencias míticas que te venden en cualquier guía de viajes. Es algo que recomiendo hacer una vez en la vida... siempre y cuando vayas con las expectativas bien atadas y no esperes una comunión espiritual en solitario con los antiguos jemeres. Hoy te dejo la cruda realidad y las recomendaciones reales para no vayas con falsas expectativas.

Para entender el percal hay que empezar por el principio: el maldito madrugón. Son las cuatro y media de la mañana cuando el despertador suena como una patada en el estómago. Fuera del hotel en Siem Reap todo es negrura, humedad y un silencio roto únicamente por el motor tosiendo de los cientos de tuk-tuks que empiezan a desfilar hacia la entrada arqueológica como si hubiera una evacuación de emergencia. El trayecto hasta el complejo es un preludio curioso: el aire fresco de la madrugada te pega en la cara mientras esquivas otros bólidos metálicos cargados de turistas con cara de zombi.



La llegada a la boca de lobo: linternas y codazos en la oscuridad

Una vez que pagas el pase y el conductor te deja en los dominios de Angkor Wat, empieza la aventura. Te hace falta sí o sí una linterna (o tirar de la linterna del móvil) para no dejarte los dientes o los tobillos en el camino de tierra que lleva desde la entrada principal hasta la pasarela de pontones que cruza el foso. A esas horas, aquello es una auténtica boca de lobo poblada de siluetas murmurantes en veinte idiomas distintos.

Cuando por fin consigues llegar a la explanada del famoso estanque —el espejo de agua donde supuestamente se refleja la silueta perfecta de las cinco torres— descubres la realidad que las agencias de viajes omiten convenientemente en sus folletos: no hay sitio. Filas y filas de personas codo con codo, trípodes montados unos encima de otros como cañones de artillería, y una tensión ambiental propia de las rebajas de enero en El Corte Inglés. Todo el mundo compite por conseguir un metro cuadrado de césped o piedra desde el que sacar la fotito de rigor.

El espectáculo visual frente al circo mediático

Y sin embargo, a pesar del circo montado alrededor, hay que reconocer lo que es innegable. Unos instantes antes de la salida del sol, cuando la penumbra va cediendo terreno y el cielo empieza a teñirse de unos tonos anaranjados, rosáceos y malvas imposibles, pisé y miré hacia arriba con los ojos bien abiertos. Hay que decirlo sin con todas las letras: es el complejo de templos antiguos más impresionante que he visto en mi vida entera. Ninguna fotografía, por muy retocada que esté en Instagram, le hace justicia al tamaño colosal y a la energía de aquello.

Ríos de tinta y millones de bytes se han consumido describiendo la grandiosidad de Angkor. Aquí no vengo a descubrir la pólvora ni a pretender originalidad poética, entre otras cosas porque hay momentos en los que un sitio es tan descomunal que las palabras sobran y ni siquiera merece la pena intentarlo. Se siente y punto.

Teóricamente, ver el sol salir sobre Angkor te confiere la posibilidad de soñar despierta y conectar exactamente con la misma visión que tenían los jemeres hace 1.200 años, porque afortunadamente las siluetas principales siguen siendo las mismas. Ahora bien, la magia mística se desvanece de golpe en cuanto alguien te da un codazo sin pedir perdón para ajustar su objetivo, o cuando el fulano de al lado decide poner música en el móvil a todo volumen retransmitiendo el amanecer en directo para sus tres seguidores. De paz interior y silencio monástico, absolutamente nada.

¿Merece realmente la pena el amanecer en Angkor Wat?

Estuve en Siem Reap 2 veces, pero a ver el amanecer fuí una vez sola, sin embargo visité Angkor Wat en varias ocasiones: al amanecer, al atardecer y durante los momentos centrales del día para ver cómo cambiaba la piedra con la luz directa. Sin duda, el impacto visual más bestia te lo llevas al amanecer por el juego de colores en el cielo. Si me dicen que escoja un momento del día es el atardecer: tiene una calma infinita y una soledad relativa que muchas mañanas eché muchísimo de menos.

Aun con el agobio de las masas, la estampa de las siluetas milenarias recortadas contra el alba compensa el madrugón. Eso sí, mi recomendación es que, en cuanto el sol asome por completo y la masa humana empiece a dispersarse en tromba hacia la puerta del templo, salgas hacia los pasillos interiores o hacia otros templos menos masificados antes de que el calor asfixiante y pegajoso de Camboya empiece a hacer estragos en tus neuronas.


Datos prácticos para ver el Amanecer en Angkor Wat (sin morir en el intento)

  • Compra la entrada el día anterior: Hazte el favor de ir a las taquillas la tarde previa. Abrirán muy temprano, sí, pero ahorrarte la cola a altas horas de la madrugada y no madrugar todavía más de lo estrictamente necesario vale su peso en oro.
  • Contrata un tuk-tuk con antelación: Acuerda la hora la noche antes con tu conductor para que te recoja puntual en el hotel o hostel. Te tocará pegar un brinco de la cama de madrugada, pero al menos el trayecto en tuk-tuk con el fresquito matutino despeja cualquier atisbo de sueño.
  • Lleva una linterna (o el móvil bien cargado): Te hará falta sí o sí para no dejarte los dientes en el camino de tierra desde la entrada principal hasta la zona del famoso estanque frente al templo, porque a esas horas de la noche aquello es una auténtica boca de lobo.
  • Mentalízate de la cruda realidad: No vas a estar meditando en silencio. Vas a compartir espacio con una marea humana respirándote en la nuca. Asúmelo desde el minuto uno, busca un hueco donde molesten menos y te ahorrarás un buen sofocón.

Al final, a pesar de las masas y del circo montado alrededor del sol naciente, la estampa de las siluetas milenarias recortadas contra el alba compensa el madrugón. Eso sí, una vez hecha la foto de rigor, mi recomendación es salir volando hacia los templos más aleatorios y menos masificados antes de que el calor asfixiante de Camboya haga estragos.


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